Esteban llegó al mundo en las peores circunstancias. Unas personas que caminaban por el bosque lo encontraron recién nacido, completamente solo, cubierto de sangre y sin fuerzas ni siquiera para ponerse en pie.
Lo trajeron al santuario de inmediato. Había nacido prematuro, estaba extremadamente débil y necesitó atención constante desde el primer momento. Durante sus primeras horas de vida, cada pequeño avance era importante: alimentarlo con leche artificial, mantenerlo caliente y acompañarlo de cerca para que no se rindiera.
Poco a poco, Esteban ha ido demostrando algo que no se enseña: una enorme voluntad de vivir. Es un luchador.
Hoy, aún en sus primeros pasos, ya forma parte de la familia de Gaia. Aquí tendrá el tiempo, el cuidado y el cariño que necesita para seguir adelante.